jueves, 11 de agosto de 2011

Efraín Bartolomé y esposa violados por el régimen

Efraín Bartolomé y Guadalupe B. de Bartolomé
Reciban nuestro abrazo y apoyo solidario

Efraín y Guadalupe, 2009
Terraza del Palacio de Bellas Artes ®Borzelli Photography


Detención ilegal en el Distrito Federal

Detención ilegal y violación de garantías por parte de la policía del DF
Calle de San Francisco y Cda. de San Francisco®Borzelli Photography

Detención ilegal y violación de garantías por parte de la policía del DF
Calle de San Francisco y Cda. de San Francisco®Borzelli Photography

Detención ilegal y violación de garantías por parte de la policía del DF
Calle de San Francisco y Cda. de San Francisco®Borzelli Photography

Detención ilegal y violación de garantías por parte de la policía del DF
Calle de San Francisco y Cda. de San Francisco®Borzelli Photography


¿DE VERDAD ESTAMOS TAN SOLOS? *

En la mano izquierda su reloj Omega Speedmaster Professional
que le robaron y que le acompañó por casi cuarenta años
Efraín Bartolomé, 2008 ®Borzelli Photography


* Efraín Bartolomé

Son las 4:43 de la mañana del día 11 de agosto de 2011.

Hace aproximadamente dos horas un grupo de hombres armados irrumpieron en mi casa ubicada en ….

Comenzamos a escuchar golpes violentos como contra una puerta metálica y me extrañó porque se escuchaba demasiado cerca y no hay ninguna puerta así en la casa.

Prendí la luz.

Los golpes arreciaban ahora como contra nuestras puertas de madera.

Quité la tranca que protege la puerta de nuestra recámara y me asomé al pasillo: hacia el comedor veía luces (¿verdosas? ¿azulosas? ¿intermitentes?) acompañando los golpes violentos contra el cristal que da al sur.

Mi mujer me gritó que me metiera.

Así lo hice apresuradamente y alcancé a poner la tranca de nuevo.

Oí cristales rompiéndose y pasos violentos hacia nuestra recámara: rápidos y fuertes.

“¡Abran la puerta!” era el grito que se repetía antes de que empezaran a golpear con violencia mayor nuestra puerta con tranca.

Nos encerramos en el baño y busqué a tientas un silbato que cuelga de un muro sin repellar: comencé a soplarlo con desesperación, unas diez veces, quizá.

Mi mujer está llamando a la policía.

Les dice que están entrando a la casa, que vengan pronto por favor, que nos auxilien.

Yo sigo soplando el silbato con desesperación.

En la oscuridad, mi mujer se ubicó tras de mí mientras oíamos que la tranca de la puerta se quebraba y los hombres entraban.

¿Tres, cuatro, cinco?

Quise cerrar la puerta del baño pero ya no alcancé a hacerlo.

Empujé unas cajas hacia dicha puerta y en algo estorbó los empujones.

“¡Abran la puerta! ¡Abran la puerta, hijos de la chingada...!” gritaban mientras empu-jaban y metían sus rifles negros hacia el interior.

Quise detener la puerta con mis manos pero no tenía sentido: vencieron mi mínima resistencia y entraron.

Policías vestidos de negro, con pasamontañas y lo que supongo que serían “rifles de alto poder”.

“¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo, hijos de la chingada! ¡Al suelo y no se muevan!”

Uno de los hombres me da un manazo en la cabeza y me tira los lentes.

Alcanzo a pescarlos antes de que toquen el suelo.

Me quita el silbato.

−¡No golpee a mi esposo! –grita mi mujer.

−¡El teléfono! ¡Déme el teléfono! –le responde y pregunta si no tenemos otro teléfono o un celular.

Ella y yo nos arrodillamos primero y después nos medio sentamos en el suelo de cemento de este baño sin terminar.

Policías jorobados y nocturnos, como en el romance de García Lorca.

Quién lo diría: aquí, en nuestra amada casa donde cultivamos y enseñamos la armonía.

Aquí...

Justo aquí estos hombres de negro, con pasamontañas, con guantes, con rifles de asalto, con chalecos o chamaras que tienen inscritas las siglas blancas PFP, nos apuntan con sus armas a la cabeza.

Uno de ellos, siempre amenazante, nos interroga.

Dos más permanecen en la puerta.

− ¡Las armas! ¡Dónde están las armas!

− Aquí no hay armas, señor, somos gente de trabajo.

− ¡A qué se dedica!”

−Soy psicoterapeuta y escribo libros.

−¿Desde cuándo vive aquí?

− Desde hace treinta años...

−Cómo se llama.

−Efraín Bartolomé.

−Cuántos años tiene.

−60.

−A qué se dedica.

−Ya se lo dije, señor, soy psicólogo y escribo libros.

−Usted cómo se llama... –se dirige a mi mujer.

−Guadalupe Belmontes de Bartolomé.

−A qué se dedica.

−Soy arqueóloga y ama de casa.

−Cuántos años tiene.

−54.

−Tranquilos. Respiren profundo... Voy a verificar los datos.

El hombre sale.

Oigo ruidos en toda la casa.

Están vaciando cajones, abriendo puertas, pisando fuerte sobre la duela de madera.

Oigo ruidos afuera, en el cuarto de huéspedes, en la torre, en el estudio de abajo.

Nos cambiamos de posición.

Mi mujer pone algo sobre el frío piso de cemento.

Cinco o siete minutos después regresa el hombre y repite su interrogatorio.

Si recibimos gente en la casa, con qué frecuencia, cada cuánto salimos de viaje, quién cuida entonces.

Respondemos a todo brevemente.

Dice nuevamente que va a verificar los datos y que volverá a decirnos porqué están aquí.

El tiempo pasa.

Oímos que abren nuestro carro en el garage.

Voces ininteligibles en el patio del norte.

Más tiempo.

Varios minutos después se oyen motores que se prenden y carros que arrancan.

Mi mujer y yo seguimos en la oscuridad.

Comenzamos a movernos.

Sólo silencio.

Nos incorporamos con cierto temor.

Salimos del baño hacia la recámara iluminada.

Desorden.

Cajones abiertos.

Cosas volcadas en el buró.

La chapa de la puerta en el suelo.

Restos de la tranca destrozada.

La puerta de tambor machacada y rota, pandeada en su parte media.

Salimos al pasillo: un cuadro en el suelo y abiertas las puertas de lo que fueron las recámaras de mis hijos.

Desorden en el interior: maletas y cajas abiertas, cajones vaciados.

Vamos hacia el comedor: uno de los vidrios roto en su ángulo inferior izquierdo, muchos cristales en el piso.

La puerta de la sala está rota de la misma forma en que rompieron la de nuestra recámara: la chapa en el suelo y fragmentos de duela en el piso.

Está abierta la puerta de la torre y prendidas las luces del cuarto de huéspedes.

Salimos por la puerta de la sala y nos asomamos con cierto temor.

Nada.

Mi mujer llama por segunda vez a la policía.

Es en vano: piden los datos una vez más.

Dicen que ya enviaron una unidad.

Llego a la barda y me asomo: no hay carros.

El portón del garage está intacto.

Bajamos las escaleras hasta la puerta de acceso: rota igual que las de adentro.

El estudio de abajo está con las luces prendidas.

De por sí desordenado, ahora lo está más.

Vamos hacia la torre y entramos al cuarto de huéspedes: cajones volcados, revistas en el suelo, cosas sobre la mesa, puertas del clóset colgando, zafadas de su riel inferior.

Subo al tercer piso: una esculturita de alambre volcada pero no se nota demasiado desorden.

Subo a los pisos superiores: no hay daño en la salita de arte.

En el último piso dejaron abierta la puerta a la terraza.

Volvemos al interior: queremos tomar fotos pero no está la cámara de mi mujer que estaba sobre el buró.

“¡Tampoco está la memoria de mi computadora!”, grita.

También se la llevaron.

Quiero ver la hora y voy al buró por mi reloj: ha desaparecido mi querido Omega Speedmaster Professional que me acompañó por casi cuarenta años.

Tiene mi nombre grabado en la parte posterior: Efraín Bartolomé.

Oímos que un auto se estaciona y nos asomamos.

Mi mujer llama una vez más a la policía: lo mismo.

Ya tienen los datos pero nunca enviaron apoyo.

Indefensión.

Del auto blanco baja un joven y avanza hacia la esquina.

Se asoma y regresa.

Lo saludo y responde.

Le preguntamos qué pasa y responde que viene en atención a una llamada de su amiga que vive a la vuelta y a cuya casa también se metieron.

Mi mujer pregunta de qué familia se trata, cómo se apellida.

Magaña, responde el joven.

¡Es Paty!, dice mi mujer.

Salimos a la calle y voy hacia allá.

Encontramos a Patricia Magaña, bióloga, investigadora universitaria, acompañada de su papá, en la calle.

Entraron a ambas casas la de ella y la de sus padres, con la misma violencia que a la nuestra.

Patricia y su hija estaban solas.

Sus padres octogenarios también estaban solos.

Volvemos a nuestra casa vejada y con la puerta rota.

Atranco la destruida puerta de la calle.

Con todo, mantenemos una sorprendente calma.

“Pudieron habernos matado”, dice mi mujer.

Yo imagino por unos segundos nuestros cuerpos ensangrentados en el baño en desorden.

¿Sabe el presidente Calderón esto que pasa en las casas de la ciudad?

¿Lo sabe Marcelo Ebrard?

¿Lo sabe el procurador Mancera?

¿Ordenan Maricela Morales o Genaro García Luna estos operativos?

¿Sabrán quién fue el encargado de este acto en contra de inocentes?

Antenoche volvimos a casa levitando, en la felicidad más plena, tras la amorosa y conmovedora recepción del público ante nuestro libro presentado en Bellas Artes.

Un día después, en la atroz madrugada, la PFP irrumpe violentamente en nuestra casa, quiebra nuestras puertas, destruye los cristales, hurga sin respeto en nuestra más íntima propiedad, nos amenaza con armas poderosas a mi bella mujer y a mí, a la edad que tenemos...

Y pensar que también son humanos los que hacen esto contra su prójimo.

Subo al estudio a escribir esto.

Allá, abajo, la ciudad parece embellecida por la calma.

Arriba la impasible Luna de agosto, casi llena.

Son ya las 6:35 de la mañana.

La luz de oriente comienza a colorear y a inflamar el horizonte.

La policía nunca llegó.

¿De verdad estamos tan solos?


Mí mañana con la noticia de Efraín y Guadalupe

Distrito Federal, México, jueves, 11 de agosto del 2011. Anoche tuvimos la oportunidad de saludarnos, de compartir un abrazo y de participar en un hermoso recital poético con Claudina Domingo y otros poetas.

Los escritores Luis Felipe Fabre, Lobsang Castañeda, Claudina Domingo
Balam Rodrigo en la mesa y en la parte superior derecha
Efraín Bartolomé, Guadalupe de Bartolome, su esposa, de blanco
Juan Domingo Argüelles y su esposa
Café-Bar Las Hormigas, Casa del Poeta, DF, ®Borzelli Photography

Efraín Bartolomé, Guadalupe de Bartolome, su esposa, de blanco
Juan Domingo Argüelles, en primer plano
Al fondo los escritores Luis Felipe Fabre, Lobsang Castañeda, Claudina Domingo
Balam Rodrigo Café-Bar Las Hormigas, Casa del Poeta, DF, ®Borzelli Photography

Al fondo los escritores Luis Felipe Fabre, Lobsang Castañeda,
Claudina Domingo, Balam Rodrigo y Efraín Bartolomé
Café-Bar Las Hormigas, Casa del Poeta, DF, ®Borzelli Photography

Hoy, temprano, por la radio escucho a Emilio Álvarez Icaza, está leyendo un escrito de una persona, de esas que los federales niegan siempre y que son señaladas como delincuentes sin que nadie diga ni haga nada, de forma pausada, dando el peso de cada palabra y frase, Describe la violación que sufrió, es uno más de los ataques del régimen de Felipe de Jesus Calderón Hinojosa, reconocido como titular del ejecutivo federal de los Estados Unidos Mexicanos, contra sus compatriotas. Él es el comandante supremo, a quien tienen que obedecer las policías y fuerzas armadas de nuestra dolida patria.

Tengo que bajar, mover el auto para llevar a la madre de mi hija, pareja de casi toda mi vida a su trabajo. Sé que debo estar listo, preparado para la diaria agresión de la policía y secuaces.

Vivo en la que llaman la Ciudad de vanguardia, en esta ciudad de la prohibición: no fume, no tome, no camine, no salga, no tenga relaciones sexuales, no solicite audiencias a los mantenidos del gobierno; me encuentro donde sólo está permitido lo que sus burócratas quieren y determinan.

No escuché toda la lectura de Emilio. Tampoco quien la mandó y firmó.

Bajo, me alcanza la madre de mi hija. Está desencajada. La veo, la escucho, dice que agredieron a Efraín, me dice Efraín Huerta, a quien conocí por mi hermano, otro poeta, le digo que no puede ser. Que él murió hace tiempo. Me repite que sí, que violaron el domicilio de Efraín, que no recuerda el apellido, pero que era Efraín.

No arranca el carro, premonición de lo que vendría. Pido prestado a un vecino su auto y la llevo. En el camino voy pensando a quien conozco con ese nombre y en un alto, le digo Efraín Bartolomé, lo repite y lo repito, le digo que anoche estuve con él. Un vacío doloroso en mi estomago.

Me dice que si, que es Efraín Bartolomé. La dejo y regreso al domicilio.

Me subo al carro de ella y me traslado a la colonia Condesa a una reunión con la poeta Ester Ortega y a saludar a los pintores Arturo Rivera y Raúl Navarro.

En el camino voy pensando cómo corroborar la noticia, me comunicó con los poetas Hernán Bravo y no sabe nada y llamo a Marco Antonio Campos, que ya había salido a la universidad y no responde; por último a José Ángel Leyva, que se encuentra en una reunión de trabajo, atrabancadamente le comento la noticia y me dice que me llamará en un momento y nos desconectamos. Casi de forma inmediata recibo su llamada, me dice que no sabe que investigará y se comunicará conmigo.

Me encuentro con los amigos, les saludo, apenas les puedo comentar la noticia. Llega Ester y le digo lo que sucedió. Llamo a otro gran amigo, el periodista José Luis Martínez, le comienzo a explicar el motivo de la llamada y me interrumpe, dice y contesta con indignación que es cierta la información, pero que a Efraín no le pasó nada.

Quiso decirme que estaba ileso, que no habían recibido, él ni su esposa, agresiones físicas, así lo entendí.

Quedé pensativo y concluyo: Claro que les pasó.

Lo violaron junto con su esposa, lo insultaron, lo agredieron, lo agraviaron, lo humillaron, le destruyeron su domicilio y le robaron. Pero eso no es nada donde reina el imperio de la muerte, el de los asesinatos. Es el imperio de la paz y tranquilidad de los sepulcros.

¿Quién nos pude decir, con autoridad moral y ética, que no es el propio régimen federal de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa el que lo hace?

Vienen a mi pensamiento los grupos armados, la temible Triple AAA, argentina, la de los brasileños, la de los uruguayos, la del Paraguay, y tantos otros, que tenían los regímenes militares más abajo del Usumacinta.

¿Quién podrá afirmar que la bomba en el Tecnológico de Monterrey no la armó y colocó el propio régimen de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa?

Regreso a casa, tengo que comunicarme con el secretario de seguridad publica del gobierno del Distrito Federal, Manuel Mondragón y Kalb, porque hace más de un año sus empleados, ningún eufemismo de servidor público, unos burócratas de la policía me agredieron y humillaron violaron mis garantías constitucionales, hace más de un año, a las 12:40 horas del 21 de abril del 2010. No hicieron nada, no han hecho nada.

Policías violadores del gobierno del Distrito Federal
Calle Porfirio Díaz, 21 de abril del 2010, ®Borzelli Photography

Policías violadores del gobierno del Distrito Federal
Calle Porfirio Díaz, 21 de abril del 2010, ®Borzelli Photography

Presenté la denuncia ese mismo día; hablé con Concepción Díaz, de la oficina del secretario particular y nada hicieron. A las 12:49 de esa fecha me comunican con el General Francisco Arellano Noblecía y con el Inspector general policial. Lic. Raúl Gutiérrez Domínguez, no respondieron a mi denuncia. Tampoco el jefe del gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard Casaubon, ni el comandante supremo de la policía y fuerzas armadas Felipe de Jesús Calderón Hinojosa. Nunca me atendieron.

Hoy nuevamente llamé, me contestó, después de mucha insistencia, el secretario privado del secretario de seguridad pública, Manuel Mondragón y Kalb, del Distrito Federal, el burócrata Fernando Echevarría, a quien le comenté que quería hablar con el titular de esa dependencia, con nadie más. Recibí como respuesta una iracunda y discriminatoria admonición, me dijo que estoy loco y que soy un cabrón. Cortó la llamada. La violencia verbal pasiva como forma de gobierno.

Policías violadores del gobierno del Distrito Federal
Calle Porfirio Díaz, 21 de abril del 2010, ®Borzelli Photography

De nuevo, el insulto, la vejación, la humillación, la violación. Y según ellos, no pasó nada.

Ya me robaron mi equipo fotográfico, ya me asaltaron a un lado de la oficina de la procuraduría de justicia del Distrito Federal y nunca, como víctima, me atendieron. Ya mataron, a un ayudante mío en la fotografía, de 17 años, primo hermano de mi hija: daño colateral. Ya violaron a otras conocidas y cercanas a mi y mi familia. Ya secuestraon al hijo de una gran conocida, amiga y estimada. Nunca hicieron nada. No hacen nada.

En estos momentos que escribo, escucho por la radio a Alfredo Rodríguez Muro, en el noticiario de Jacobo Zabludovsky, informan que el futbolista Nacho Flores lo mataron anoche, 10 de agosto, recibió más de 70 balazos en la autopista México-Cuernavaca. Otro daño colateral. Los gobiernos imávidos. No pasa nada.

Medio descanso, tengo una gran congoja y un profundo dolor en la úlcera. Después de todo, a mi querido poeta y su esposa no les pasó nada, están vivos. No pasa nada.


Pascual Borzelli Iglesias para Abartraba.

Diseño y edición: Miguel Borzelli Arenas.

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